¿Merece la pena?
Una videollamada que nunca pasó, con la mujer en la que me convertí después de hacerme las preguntas correctas.
La videollamada duró apenas veinte minutos.
En realidad nunca ocurrió. Pero, si hubiera ocurrido, creo que habría sido así.
La imagen de arriba tardó unos segundos en conectarse.
Un despacho en un edificio modernista de Barcelona, cerca de Plaza Tetuán. Techos altos, ventanas abiertas al ruido del tráfico y una luz de media tarde. Sobre la mesa, un portátil conectado a una pantalla grande. Una silla de oficina demasiado cómoda para las horas que pasaba en ella. Impresiones de menús, acreditaciones, un par de USB sin etiquetar, y muchos papeles. El pelo perfectamente liso. Un café ya frío, olvidado entre una reunión y la siguiente.
La imagen de abajo apareció después.
Mucho verde. Tanto que costaba distinguir dónde terminaban las plantas y empezaba la casa. El pelo ondulado, una camisa blanca fluida, la luz de la mañana entrando desde un balcón abierto. Sobre la mesa, una taza de café todavía humeaba junto a un plato con los restos de papaya recién cortada. De fondo, el rumor constante del mar, el viento moviendo las hojas y el canto de un pájaro que parecía haberse despertado más tarde que los demás.
—¿Me oyes?
—Sí pero muy a lo lejos.
—Espera, que me pongo los auriculares.
La de abajo desapareció unos segundos de la pantalla y, cuando volvió, las dos se quedaron mirándose.
—Qué raro...
—Ya.
La de arriba sonrió.
—¿Dónde estás?
La otra sonrió.
—En casa.
—¿En qué casa...? ¿dónde es eso?
—Caraíva.
Silencio.
—No me suena…
—Es un pueblo al sur de Bahía, en Brasil.
La de arriba soltó una risa corta.
—Espera. No.
Miró otra vez la pantalla, como si buscara una cámara oculta.
—No puede ser.
—¿Qué es lo que no puede ser?
—Que vivas en Brasil.
Otra sonrisa.
—Pues sí, vivo en Brasil.
—Pero... si yo estoy estudiando italiano.
La de abajo rio.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—¿Y para qué estoy estudiando italiano si acabo viviendo en Brasil?
—Porque todavía no sabes que la vida no siempre une los puntos en el orden que esperas.
La de arriba negó con la cabeza.
—No. No. Espera.
Cogió el café, que se había quedado aún más helado con la noticia.
—¿Qué ha pasado?
La pregunta quedó suspendida unos segundos entre las dos. Más que curiosidad, se sentía un miedo. Y la de abajo lo entendió enseguida.
—Han pasado muchas cosas.
—¿Malas?
Pensó la respuesta antes de contestar.
—Desafiantes.
—¿Como cuáles?
—Las suficientes para obligarte a hacerte preguntas nuevas.
La de arriba bajó la mirada.
—No lo entiendo.
—Todavía no.
Otra pausa.
—¿Sigo trabajando en la empresa? ¿Te han trasladado a Brasil?
—No.
—¿Lo han trasladado a él?
La de abajo respiró hondo y respondió con voz entrecortada y un nudo en la garganta.
—Tampoco.
La de arriba dejó el café sobre la mesa con demasiado cuidado. Como si cualquier movimiento pudiera romper algo.
—¿Nos divorciamos?
—Sí.
Silencio. El tipo de silencio que aparece cuando una vida entera cambia de sitio. Al cabo de unos segundos la de arriba levantó la vista y preguntó por fin:
—¿Estamos bien?
—Ahora sí. Muy bien.
La de arriba arqueó una ceja, no acababa de entender nada, solo hacía preguntas y escuchaba con atención.
—¿Cómo has acabado ahí?
—Esa no es la pregunta.
—¿No?
—No. La pregunta es otra.
La de arriba frunció el ceño.
—¿Cuál?
—¿En qué momento dejaste de construir una vida que parecía perfecta y empezaste a construir esa vida con la que soñabas todos los días?
La de arriba tardó en responder.
—No lo sé.
—Exacto.
Porque todavía no ha pasado.
...
—¿Y trabajas?
—Sí.
—¿En qué?
—Acompaño a personas que están donde tú estás ahora.
—¿Organizando eventos?
La de abajo soltó una carcajada.
—No.
—Entonces...
—Soy coach de transición profesional.
La de arriba se echó hacia atrás.
—Papá se muere si escucha eso.
Las dos se rieron.
—Casi. Lo peor fue cuando le dije que me iba a Brasil jaja
—¿Y ahora qué dice?
—Ahora presume de hija. Como antes, pero ahora presume de hija versión “brasileira”.
—No me lo creo.
—Yo tampoco me lo habría creído.
...
—Oye...
La de arriba volvió a mirar el fondo: las hojas moviéndose con el viento, la luz, la calma…
—¿De verdad vives ahí?
—Sí.
—¿Cómo llegas a casa?
—En canoa.
—¿Perdón?
—Es broma jajaj A casa llego caminando pero lo que no es broma es que la entrada a Caraíva es por canoa, aquí no hay coches.
La otra soltó una carcajada.
—Esto parece un guion malo.
—Hay días que pienso lo mismo.
—¿Y trabajas desde ahí?
—Con personas de España, de Brasil y de diferentes países de América Latina.
—Mírala, ¡qué international estás en esa isla! jaja
Las dos volvieron a reír.
...
La conversación ya se estaba acabando. La de arriba dejó de hacer preguntas prácticas y acabó la conversación con la única pregunta que realmente importaba.
—Dime una cosa.
—¿Cuál?
—¿Merece la pena?
Esta vez la respuesta no necesitó ni un segundo.
—Toda.
—¿Toda?
—Toda. Cada decisión incómoda, cada conversación difícil, cada vez que sentiste que estabas perdiendo el rumbo… Porque, aunque tú todavía no lo sabes, no lo estabas perdiendo, lo estabas encontrando.
La de arriba permaneció callada.
Después sonrió muy despacio.
—Entonces... ¿qué hago mañana?
La de abajo también sonrió.
—Mañana, nada. Solo empieza a hacerte mejores preguntas. Porque las respuestas cambiarán muchas veces. Pero las preguntas... Las preguntas son las que te enseñarán el camino cuando todavía no sepas hacia dónde vas.
La pantalla se quedó en negro. Durante unos segundos seguí mirando mi reflejo. Pensé en todo lo que había pasado entre aquellas dos mujeres. Después recordé que, en realidad, había solo una.
Si algo te ha hecho click, si mientras leías ibas pensando ‘soy yo’… cuéntamelo. Acompaño a personas en transición profesional a construir una vida que les guste y les dé paz. Y si lo que necesitas es desatascarte ya, tengo sesiones de desbloqueo profesional para eso exactamente. ¿Hablamos?
Si mientras leías estabas pensando en alguien en concreto, envíale el artículo. Puede que sea justo lo que necesita leer hoy.
Y si quieres conocer mejor mi trabajo, soy coach de carrera especializada en transiciones profesionales. Acompaño a personas que sienten que algo tiene que cambiar en su vida laboral, pero todavía no saben exactamente qué ni cómo hacerlo.
Y también trabajo con empresas ayudándolas a comprender mejor qué ocurre para que las personas dejan de sentirse conectadas con su trabajo y así desarrollar estrategias de retención de talento. Al final, son dos caras de una misma realidad: la necesidad de entender qué está pasando para poder avanzar.




En mi caso muchas cosas están haciendo click desde hace unos meses. Lo contaré un día.
Todo pasa por algo y es bueno aceptarlo como un regalo de Dios para aprender y seguir creciendo.
Yo no cambiaría nada de lo que he vivido. Porqué tanto lo bueno como lo malo me han ayudado a ser quién soy ahora.